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Selfie, la palabra del año y una acción de peligrosas consecuencias
Sacar fotos está más de moda que nunca. Aunque ya es una realidad que prima más la cantidad y la inmediatez que la calidad de la propia instantánea. Los apasionados fotógrafos “profanos” sacan fotos de cualquier manera, en cualquier postura con el objetivo de retratar un momento determinado y publicarlo inmediatamente en las redes sociales (normalmente Tuenti, Facebook, Instagram y/o Twitter). Uno ya no saca fotos por amor al arte o para recordar el momento sino para que los demás sepan qué estás haciendo en ese instante. ¿Estás de acuerdo?
Hoy día, la mayoría de los afortunados usuarios de Internet disponen de un teléfono móvil con cámara cuya lente se puede rotar para autorretratarse. Estas fotos se publican en las redes sociales en tiempo real: esto es lo que se conoce como “selfie”, una idea contagiosa (“meme”) que circula por la red a gran velocidad. La palabra «selfie» fue elegida como «palabra del año 2013» por los diccionarios Oxford de lengua inglesa.
Publicar cinco o diez fotos en Internet de un momento puntual, un viaje o una celebración, no tiene ningún inconveniente pero el uso recurrente de selfies que deriva muy a menudo en la reafirmación social de nuestra existencia y la exhibición desmedida de nuestra rutina diaria ya no es tan aconsejable. Parte de culpa la tienen los famosos con su ejemplo: Justin Bieber, Miley Cirus, Neymar, Shakira, Piqué, etc.
Ahora bien, cuando se publican numerosas fotos para la aprobación y la aceptación de los “amigos”, el reconocimiento social, o se controla demasiado el resultado de dichas publicaciones, este exceso puede acarrear problemas de diversos tipos: falta de confianza en uno mismo, satisfacción personal y autoestima, dependencia, depresiones, paranoias, obsesiones, ansiedad, etc. Esto es precisamente lo que le sucedió a Danny Bowman, nuestro protagonista de hoy.
El primer adicto a los “selfies”
Danny Bowman, un joven británico de 19 años, dedicaba hasta 10 horas diarias a hacerse autofotos. Su obsesión comenzó a los 15 años tras presentarse a un casting de modelos.
«Podía sacarme 10 fotos antes de ducharme. Luego me hacía otras 10 después y 10 más después de arreglarme. Sacaba ‘selfies’ en la cama, en el baño, todo el día hasta la madrugada», explica Bowman al Daily Mail.
Recibía críticas sobre su aspecto físico, lo que avivó su desmedida afición. Sufrió ciberacoso. Vivía pegado a su ‘smartphone’ y no podía pensar en otra cosa. La obsesión le hizo dejar los estudios y llegó a perder más de 12 kilos. Encerrado en casa, ya no veía a sus amigos y la idea de mostrar al mundo un rostro sin defectos se fue apoderando de él. En 2012 intentó suicidarse tomando somníferos porque no era capaz de lograr la «imagen perfecta». Sufre un trastorno dismórfico corporal y tuvo que ser ingresado para tratar su dependencia. Danny lleva siete meses sin sacarse una foto y está tecnológicamente desintoxicado.
En 2013 creó un perfil en Fixers para ayudar a otros jóvenes. Fixers es una red social británica donde miles de jóvenes «usan su pasado para arreglar el futuro», y donde ha encontrado una forma constructiva de compartir su trágica experiencia en la Red. Haz click aquí para conocer su proyecto.
Fuente de la imagen: Danny Bowman flickr / FixersUK