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El escándalo de Facebook y las nuevas armas de manipulación masiva

Nunca fue más necesario que ahora tener como aliado al espíritu crítico

Durante la última semana hemos asistido con algo de sorpresa -porque estoy segura de que no es tanta la sorpresa que nos producen estos temas- a la publicación de noticias en torno a las sanciones de España a WhatsApp y a Facebook, las dos, empresas del joven -con cara de yo no fui- Mark Zuckerberg. A la primera por haber comunicado datos a la segunda sin haber obtenido un consentimiento válido de los usuarios; y a la segunda por tratar esos datos para sus propios fines sin consentimiento. Básicamente, el dueño es el mismo, los usuarios más o menos somos los mismos y la finalidad del negocio es la misma. Me parece elemental que las normativas protejan a los consumidores y los datos personales que éstos facilitan a una empresa con una finalidad concreta, pero pensar que las leyes vayan a poner puertas al campo digital en este asunto, entiéndase negocio, eso es a mi entender hablar de una dimensión imposible en el presente, que no deja de ser el primer momento del futuro.

Cuando un servicio es gratuito, el producto eres tú

Hay un dicho en el refranero de Internet que proclama “cuando un servicio es gratuito, el producto eres tú” y seamos sinceros, tampoco vamos a ser tiquismiquis con la terminología de las cláusulas y las condiciones legales de usos, etc. En muchos casos ni las leemos, ni las entendemos, y puede que no nos sirva de nada hacerlo, ya que de una u otra manera, se las arreglarán las poderosas empresas, éstas y otras, para plantear las cláusulas con todos los requisitos que aparenten confianza y rigor en el control y protección de los datos y contenidos, para obligarnos a pasar por el aro si queremos usar sus servicios y no quedarnos fuera “del mundo normal”.

A estas alturas del partido, hasta los más ingenuos ya habíamos caído en la cuenta de que algo raro pasaba, que alguien controla permanentemente nuestros movimientos, los productos que buscamos en Internet o que hemos comprado o nos han interesado, ya que a continuación en las bandas publicitarias (banners) aparecen casualmente esos productos o curiosidades, o te recuerdan dónde lo has comprado y te ofrecen sus productos o servicios.

De aquí que no me escandalice demasiado que todos los datos que se acumulan en estas empresas, dados libremente o no, intuidos, interpretados,  analizados… sean finalmente vendidos con fines comerciales, publicitarios, que sean la base de datos para segmentarnos como candidatos a una publicidad interesada. El escándalo y el peligro terrible empiezan cuando se manipula ese almacenamiento de datos para crear estados de opinión, para enmascarar mentiras, para ocultar verdades, para llevar con alevosía a las masas a entender que la realidad, lo que todo el mundo de buena fe entendería por realidad, es lo que ven y no lo que verdaderamente es, un decorado creado al uso para que cada grupo de individuos, según su sexo, creencias, nivel económico, etc. se encuentre a gusto con el mundo y los personajes que lo pueblan. Algo así, como si nos redujesen el mundo al barrio o al complejo residencial en el que vivimos, y nos empujasen a creer que la interpretación del mundo y la realidad pasan sólo por mis problemas, por mi forma de sentir, por mis ideas, y claro está, todo ello amparado por la lógica de la verdad y la libertad de los individuos. La confianza que supuestamente, aunque de manera apresurada, nos generan los big data, las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial como hitos del progreso humano, avalarían la creencia de que en la edad digital en la que vivimos, la mirada es global, amplia e informada, es decir multicolor y sin sesgo, y que por ello, más allá de esa mirada, no hay mundo que merezca la pena ser tenido en cuenta, cuando lo cierto es que nunca resultan tan necesarias palabras viejas como las célebres de Ramón de Campoamor (1817-1901) para que nos demos cuenta de que alguien nos pone en los ojos un cristal del color que más le conviene.

Y es que en el mundo traidor nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira. – Ramón de Campoamor

Porque ¿de qué nos está hablando el escándalo de Cambridge Analytica? La compañía de marketing político, con sede en Londres, ha sido acusada de haber usado indebidamente datos obtenidos de al menos 50 millones de perfiles de Facebook para estudiar su comportamiento y personalidad y, así, lanzarles mensajes que pudieran alterar su intención de voto en la campaña de Donald Trump, durante las elecciones de 2016.

¿Cómo es posible manipular la percepción de la realidad de un usuario de Facebook a través de internet? A pesar de todo lo que somos capaces de imaginar, nos cuesta comprender que “simplemente” con los datos estudiados por analistas, psicólogos, estrategas, equipos enteros de creativos, diseñadores, camarógrafos y fotógrafos, creando blogs, webs, publicidad… esta maquinaria infernal sepa “a qué tipo de mensaje somos susceptibles, dónde vamos a consumir esos mensajes y cuantas veces necesitamos ser tocados con ese mensaje para hacernos cambiar lo que pensamos sobre algo”. Lo cierto es que si nos ponemos a pensar un poco, no resulta tan difícil de comprender.

La participación de Cambridge Analytica en esta campaña no es ningún secreto, al igual que su intervención en las elecciones de Kenia, Tailandia, Malasia… Pero hasta ahora se desconocía que la base de la propia compañía eran los datos extraídos de Facebook, además de, al parecer, otros métodos más terrenales como la extorsión.

No nos quedemos sólo en analizar las portadas y artículos de periódicos, blogs, ni en la guerra de declaraciones por la magnitud del escándalo, que significará al menos cuantiosas pérdidas para el bolsillo de Zuckerberg, ni en alabar la postura de usuarios famosos que se rasgan las vestiduras a lo Elon Musk, que ha cerrado las páginas de Tesla y SpaceX en Facebook (véase la campaña #FacebookDelete en redes). Vayamos un poco más lejos y de manera reposada.

Seamos conscientes y responsables de nuestras acciones

Toda esta irresponsabilidad en la que gran parte de la sociedad “mundial” está tranquilamente instalada, a juzgar por el exhibicionismo de sus vidas, intimidades, hijos menores, viajes, etc. muy a pesar de las públicas recomendaciones de prevención y precaución en cuanto a lo que hacemos y decimos en cualquier ámbito digital, me llevan inevitablemente a la siguiente reflexión:

Es imprescindible, si queremos ejercer un mínimo de libertad al usar las redes sociales, si no queremos sentirnos permanentemente amenazados, inseguros y si no queremos convertirnos en marionetas de cuatro grandes compañías y sus respectivos jefes económicos o políticos… que seamos conscientes de que cada uno de nosotros somos responsables de nuestras acciones. Las redes no son responsables de que vendamos nuestro alma al diablo, lo somos nosotros, y somos nosotros los que decidimos qué precio estamos dispuestos a pagar por esa falsa apariencia de mundo feliz, amigable y humano, en el que compartimos nuestra vida y la de nuestros seres queridos.

Nunca fue más necesario que ahora el tener como aliado al “espíritu crítico”.

No vivamos como en el mito de la Caverna de Platón, llamando realidad a lo que tiene demasiado de ficción, mentira y manipulación propia o ajena y empecemos a usar nuestra voz para manifestar lo que pensamos con la suficiente cordura y reflexión. Nunca fue más necesario que ahora el tener como aliado al “espíritu crítico”, formado a través de la lectura de contenidos publicados en medios serios, la apertura mental y la puesta en cuarentena de bulos y noticias que adquieren veracidad tan sólo por la viralidad con que se transmiten (fake news). Si queremos que nos respeten el derecho a ejercer como ciudadanos “libres”, tenemos que estar dispuestos a ser responsables de nuestra propia libertad, porque el futuro digital no nos lo va a poner fácil a los que ahora somos adultos. Ni qué decir tiene que somos responsables también de la libertad y dignidad de los niños y adolescentes cuya personalidad se está formando ahora; responsables de los valores que están adquiriendo y con los que construirán la sociedad de futuro.

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Lisandro Caravaca

Lisandro estudió Traducción e Interpretación y posteriormente un Máster de Técnico en Community Management y Redes Sociales. Su fuerte vinculación con la formación y la enseñanza desde muy pequeño le han llevado, a sus 23 años, a crear Eduskopia. Su aspiración es trabajar por conseguir un mayor conocimiento y concienciación por parte de la sociedad en cuanto al buen uso de la tecnología.Lisandro es el fundador y Director General de Eduskopia. Además, se encarga de la elaboración y la gestión del contenido y de las publicaciones tanto en la plataforma web como en los perfiles en redes sociales externas.

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