Si los robots se convierten en artistas… nuestras emociones serán un producto más

Si los robots se convierten en artistas… nuestras emociones serán un producto más

Se han venido publicando últimamente artículos con titulares como “un robot que escribe poemas”, “¿puede una máquina pintar como Picasso”? Pensaba mi “consanguíneo socio”, Lisandro, que me iba a subir por las paredes con el tema. Pues no.

Mi primera consideración fue instintiva y dirigida hacia los investigadores, con aquella pregunta muy primaria lo reconozco de ¿pero no habrá nada más importante qué investigar, tareas más importantes para que los robots ayuden a los humanos? ¿para qué queremos robots que escriben poesía si la poesía en nuestra sociedad “no sirve para nada”, no se consume ni da dinero ni puesto de trabajo ni estatus social?

Qué empeño en buscar la quinta pata al gato, es como una obsesión la de intentar ver cómo se consigue superar al ser humano con una máquina. Tampoco es tan difícil pensándolo bien, con la sociedad tan descerebrada que estamos alimentando, hasta la máquina más simple puede ganarnos por goleada. Luego, remonté el vuelo del pensamiento y valoré que todo ello entra dentro del estudio del propio procesamiento del lenguaje natural y que para los estudiosos es, además de muy tentador, una obligación científica ver hasta dónde puede llegar la llamada inteligencia artificial.

Si a los robots les da por escribir poemas, pues bienvenidos al club, a mí eso no me asusta si ayuda a que los humanos sean más sensibles, reflexivos.

Al margen de los temas científicos y procesos por lo que se consiga que un robot escriba un soneto o pinte un cuadro a través de códigos, algoritmos evolutivos, combinaciones y demás herramientas de programación, y al margen también de si lo que crea es bueno o malo, que en definitiva se resume en si consigue “engañar” al ser humano con un poema de magnífica construcción  o una imitación perfecta de un cuadro de Rembrandt, lo realmente importante es si la obra emociona o no. Hay poemas que tampoco emocionan y han sido escritos por humanos, el típico “bota bota la pelota/ la pelota bota bota” o el extremo contrario, doy fe de haber leído poemas con el diccionario al lado porque desconocía un montón de palabras, y no era cuestión de entender o no las metáforas…

Si a mí me tiene que operar del estómago un robot y eso va a aumentar las garantías de éxito, pues bienvenida sea la maquinita, porque la anestesia no da mucho margen para disfrutar de los hermosos ojos del cirujano en el supuesto de que esa sea la circunstancia, así que yo me dejo hacer. Pero aún sigo prefiriendo que el diagnóstico y las explicaciones médicas me las dé un médico, no porque sea más infalible sino porque yo quiero sentir con sus palabras y su lenguaje corporal si me transmite confianza o no, quiero preguntar y que me contesten con una voz humana cuando de cosas importantes se trata, y de cuando no, también, porque no hay nada más nocivo para el sistema nervioso que tener que realizar consultas telefónicas  a la administración y a muchas empresas. Todos sufrimos ya la tiranía que se ha instalado en los contestadores automáticos y el desprecio por el tiempo de las personas. Y no es mejor el contacto con  humanos robotizados que te atienden desde nunca se sabe dónde y que repiten tu nombre una y otra vez como para que te sientas tratada como un ser individualizado.

Así que si a los robots les da por escribir poemas, pues bienvenidos al club, a mí eso no me asusta si ayuda a que los humanos sean más sensibles, reflexivos; si colaboran para que la zafiedad y la superficialidad disminuya, pues genial. Pero eso me temo que no va a ser así. Es como cuando leo o escucho que ahora se lee más y que la gente ha recuperado cierto gusto por leer y escribir, claro, se refieren a los contenidos y tecleos en muchos casos compulsivos en Facebook, Twitter, Whatsapp y demás. Si leer se lee y escribir se escribe. Sin comentarios.

El tema de qué es creatividad y si sólo los humanos pueden ser creativos ya está dando para mucho a los científicos, filósofos, creadores, etc. Viendo las cosas a las que se les está llamando obras de arte, casi que prefiero que se abra el panorama artístico a las máquinas.

La poesía convertirá en producto de consumo a la parte más genuina del ser humano, la emoción.

Os contaré una anécdota, hace muchos años, visitando la Feria de Arco en Madrid, mi esposo y yo nos paramos frente a unas jaulas con botellas de cristal de Coca-Cola que estaban en el medio de un stand y pensamos que el personal de intendencia las había dejado ahí para repartirlas donde fuese. Pues no, al dar la vuelta al otro lado, vimos el cartelito con el nombre del autor y claro, alucinamos. Seguimos el recorrido y en otro stand encontramos un carrito de la limpieza de esos que llevan fregona y otros utensilios y claro, dos veces tropezar con la misma piedra de ignorancia en arte moderno, como que no. La perplejidad duró poco, lo que tardó en aparecer una señora de la limpieza que se llevó el carrito y los dos, mucho más reconciliados con nuestra sensibilidad artística, soltamos una carcajada.

Lo que sí me preocupa, por no decir me alarma, me pone en guardia  y me aterra, es el manejo de lo que se va a instalar como emoción humana dentro de muy poco. Si las generaciones jóvenes y menos jóvenes ya se sienten libres, creen que se pasan el día opinando y decidiendo, se sienten solidarios y partícipes de una sociedad que cuenta con su click poderoso para hacer cambiar las cosas… ¡santo cielo cuando les vendan la moto del romanticismo, la emoción, la auténtica versión de la humanidad a golpe de click!, ya lo tenemos con los emoticonos, los “me gusta”, “dale al play para reproducir”  y demás parafernalias compulsivas y adictivas.

Porque no nos engañemos, los poetas no se convertirán en héroes, ni se venderán libros de poesía, ni se leerán poemas, tan sólo se consumirán rimas, citas y cosas facilonas que se inventarán… como ocurre ahora en la sociedad globalizada con los datos, vídeos y noticias que a millones carcomen el tiempo y el cerebro de las masas. Y ocurrirá como con los Big Data, que la poesía convertirá en producto de consumo a la parte más genuina del ser humano, la emoción. Y llegarán los software de los Microsoft y las plataformas y apps de siempre o incluso alguna nueva, con la misma intención, hacer dinero de la nueva “sensibilidad” descubierta de repente por los usuarios, que no mirarán a los ojos a la persona que “les mueve el piso”, pero le llenarán el móvil de poemas divinos y tiernos.

Tengo los suficientes telediarios, el suficiente criterio, y la sensibilidad necesaria como para que ese gol no me lo metan, pero lo lamento por las nuevas generaciones. Y lo voy a ver y lo voy a sufrir, como ya veo y sufro el mal uso de las nuevas tecnologías y el desamparo emocional que están creando. He crecido con Serrat, Bruce Springsteen, Elton John y con las obras de un número enorme de escritores de todo género; autores que me han acompañado en los días de estudio, trabajo, lágrimas y alegrías. A muchos he tenido el privilegio de escucharles en sus conciertos y la verdad, cuando “el Boss” sale al escenario… no son sólo las letras o la música de sus canciones lo que me hace bailar y volar, es su humanidad potente y emocionante. No me veo yo emocionada ante unos magníficos temas interpretados por un humanoide de perfectas medidas y con movimientos espectaculares.

He sacado fuerzas, ideas y he aprendido a saber más o menos quién soy, de la mano de poetas, novelistas y artistas; he compartido palabras, mesa y mantel, risas, copas y confidencias con creadores grandes y famosos de este país y con muchos otros que no alcanzaron la gloria de la fama, y eso no me lo va a dar ninguna máquina por perfecta que sea. Prefiero las obras maravillosas y las imperfecciones de los que me han enseñado con sus creaciones y con su inmensa humanidad, guardo la emoción de los pequeños momentos que compartí con  ellos y todo ello me ayuda a sentirme viva, cuando leo, cuando escribo y cuando no lo hago también, porque las emociones son el alimento de la vida. Siempre están ahí nutriendo nuestro espíritu, para bien o para mal, ese es otro tema.

Pasará con el ciberarte como con los tomates, que tras años de vernos privados del simple placer de comer un tomate con sabor a tomate en pro de conseguir cultivar tomates de exposición, todos del mismo tamaño y color y que no saben a nada y que nadie necesitaba…, se ha tenido que volver a investigar para devolver a un simple tomate sus propiedades naturales, y para más inri, invirtiendo mucho dinero y talento para ello ¡vivimos en el absurdo permanentemente!, pues lo mismo ocurrirá con la creación robótica, que las sociedades futuras volverán la mirada ante lo que sea que parezca un poeta o un escultor humano, será alabado como una gran revelación y el no va más de la “modernez” del momento futuro, lo simplemente humano cobrará entonces el valor de lo excepcional, sea bueno o malo, que ese será también otro tema y el bucle seguirá enroscando la historia.

About author

María Eugenia Bayo Pérez

María Eugenia es directora de Educación y Coaching en Twitter: @MEugeniaBayo. Especialista Universitario en Coaching Personal y Educativo. Título por la Universidad de Valladolid (Curso de Posgrado). Practitioner en PNL. Best, escuela de coaching con Universidad de Valladolid. Coach asociada nº 10865 de ASESCO (Asociación Española de Coaching). Diplomada en Gestión Cultural por la Fundación Universidad-Empresa de Valladolid, dentro del Programa “Rinascimento” de la Dirección General XXII de la Unión Europea (Programa Leonardo). Licenciada en Derecho por la Universidad de Valladolid.

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